miércoles, 29 de diciembre de 2010

Misantropía

Y puede que ya sepa qué es lo que necesito; siempre he sentido el vacío de la soledad, pese a hallarme en multitud; e incluso aislándome sienta igual, el peso de las máscaras no me deja respirar, creo que es buena idea cortar o alejarme de todo aquello, de todos aquellos que no son realmente parte de mí.
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jueves, 23 de diciembre de 2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

We're all...

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Ella

Café caliente y oscuro con leche y azúcar, un toque de baileys para alegrar la mañana; así son tus ojos vistos por mi alma: café amargo y cálido, adictivo, leche cremosa y delicada, azúcar en los labios y alcohol en mi garganta.
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viernes, 17 de diciembre de 2010

Café Romano




Una sonrisa de cristal.  Dos mujeres con un escudo en los labios, máscaras de guerra en un mundo de apariencias. Chin-chin, dos besos, un pésame entre medias y nos vemos en el brunch del domingo.
El Martini estaba frío y seco, como su vida en estos últimos cinco inviernos. Dicen que la gente es libre de buscar el amor en el matrimonio… la vida no había sido así para con ella. ¿Y quién era ella? ¿Una chica bien casada, como dirían sus padres, quejándose de los lujos que le había tocado vivir? Probablemente.
Viuda a los veintisiete, afortunadamente sin hijos y después de una boda organizada por sus padres. ¿Quién era ella? María Laura Ceballos, viuda de José Luis Queipo de Llano, era eso y nada más; era y siempre sería la mujer que se casó con aquel viejo ricachón, y todo por culpa de la maldita dolarización que arruinó a sus padres en la década de los noventa.
Aún recordaba aquella lejana promesa por parte de su madre “Cuando te cases con él serás libre, podrás largarte de este país como siempre has querido y no tendrás que actuar más, y a tu padre y a mí nos devolverás lo que teníamos”. Libre… a ellos si les pude devolver el prestigio y la gloria que solo da el dinero en un país en el que el noventa por cien de sus habitantes viven en la miseria, el nueve por cien gobierna y ese uno por cien reina. Pero yo, mi libertad… da igual la diferencia cultural, la élite es igual en todas partes, un reducto arcaico en el que la apariencia lo es todo y no se muestra la cara a menos que sea imprescindible. Y más aún si te mudas a un país dónde tu nombre solo vale por el apellido de tu marido.
Y ahora era libre, supuestamente, ahora sin marido, sin guardia… pero aún seguía el público que observaba, atento a cualquier paso en falso para aprovechar el mal ajeno. Las tramas e intrigas no dormían, no cesaban; ¿no se podía una librar de las mentiras?
Una última copa y adiós; había empezado quizá algo temprano pero para soportar a aquella mujer tenía que llevar alcohol en la sangre, algo que la insensibilizara y evitara que se le revolviera el estómago ante tanta falsedad.
Llegó el mesero… camarero; aún seguía con pequeños deslices idiomáticos que la gente llamaba “encantadores” mientras en el fondo tachaban de debilidad al ser una mujer trofeo, como la llamaban. Un café con baileys oloroso en la mesa y la galletita de cortesía mirándola con ojos golosos.
Acarició la taza recordando tiempos mejores y se la llevó a los labios. A dos milímetros se detuvo, el olor del café italiano y la crema de whiskey no cubrían del todo aquella fragancia, una de las pocas que recordaría siempre. Aquel perfume que le recordaba tanto a Ángel, aquel apasionado empresario, director de recursos humanos de una de las empresas de su marido; recordaba a aquel hombre, su amante. Recordaba a aquel hombre de cabellos oscuros y labios apasionados que prometía y juraba abandonarlo todo si ella decidía escaparse con él. Más promesas y más mentiras, en cuanto su puesto estuvo en Jaque no dudó en trasladarse a la otra punta del mediterráneo con tal de conservar su carrera.
Dejó la taza sin probar encima de la mesa y siguió aquel olor a hombre que se filtraba hasta su pecho, aquel aroma que en medio de sus recuerdos, fantasías y decepciones, aún hacía que su sangre hirviera de anhelo.
¿Quién era?
Si era alguien, no lo conocía, seguramente aún era demasiado joven para que su rostro tuviese algún eco en la sociedad. Podía tener tanto veinte años como su misma edad. Pero ah, tenía buen gusto, Una americana de sport gris colgaba en la silla junto con un traje nuevo de Armani azul, de raya diplomática. Camisa negra y bufanda blanco nieve aún  colgando de su cuello. El cabello largo le caía negro azabache sobre los hombros, contrastando con la piel clara de rasgos fuertes. Cejas negras y espesas enmarcaban unos ojos pequeños pero atentos que leían desde el portátil una serie de documentos legales.
Una llamada, interrupción. ¿Cena benéfica? ¿Uno o dos? Miró de refilón las manos del muchacho, no… de aquel hombre, abogado, que estudiaba su caso; no había anillo en sus dedos. ¿Dos semanas? Para dos. ¿Cómo se acercaría? Al salir, al irse; En aquel café no la conocían ni tenía cuenta, pagaría y algo se le ocurriría.
Llegó el camarero con más café para el moreno. Aprovecharía para pagar. “La cuenta”, en una seña, aquel lenguaje universal; el camarero sonrió y el muchacho le entregó algo. Tenía que dejar de llamarlo muchacho.
Dos segundos después llegó el camarero con aquella cajita de madera en la que ponían la cuenta, tomó las tazas vacías y se marchó. No estaba la cuenta, solo una tarjeta de visita lisa y de color crema, con letra imprenta negra un número de móvil y una inicial: J.
“Hoy ceno con un cliente en La Vaca Argentina, terminaremos de cenar sobre las once y media más o menos; tienes mi número”.
Ni me había mirado, ninguna reacción; bebió café y siguió leyendo. Ni una sonrisa, solo un destello de su mirada en la pantalla del ordenador, medio segundo, menos. Abrió el procesador de textos y escribió un par de palabras. Se había fijado en mis miradas.
Nunca he sido fácil, tampoco lo sería para él. Me levanté y me puse el abrigo, los guantes, la bufanda, todo sin mirarle, sin que pudiera ver que me tenía ganada pues me había perdido. ¡Idiota!
Pasé por su mesa dejando caer la tarjeta de visita, escuché como se levantaba. “Te estás dejando el móvil”. Su voz dulce, grave, con un ligerísimo acento francés. Me giré y lo vi, con mi BlackBerry en la mano mirándome a los ojos. No supe responderle, no pude responderle. En un movimiento ágil y seguro recogió la tarjeta y la sujetó con la misma mano en la que llevaba el teléfono, con la otra se echó hacia atrás los cabellos que habían escapado al peinado.
Me ardía la piel con su mirada, me embriagaba su perfume y aquel rostro juvenil e inexpresivo. Extendió la mano con el teléfono y la tarjeta, cogí el primero. Antes de que pudiera darle las gracias se sentó, dejando la tarjeta encima de la mesa. Otro trago de café e indiferencia.
Nunca he sido fácil, por lo visto él tampoco. Tomé la tarjeta en un gesto rápido y le di la espalda. “Hasta la noche”, dijo. Cabrón; ya era suya.

Sueño


"Vigo...Vigo... hmm, no recuerdo Vigo".
 
Hmm, definitivamente mejor el tren, ese cómodo tren dormitorio en el que podía tumbarse y dormir, intentando olvidar aquel malestar tan parecido a la resaca. Me encantan los trenes, el rítmico bamboleo del vagón y aquel ruido blanco... Hmm Santiago...
 
¿Me habrá llamado? Si lo hubiera hecho Manu me lo habría dicho, me habría llamado a casa... a menos que me hubiese llamado entre ayer y hoy... aunque siempre queda mi mail.

 
Estación, taxi, ascensor. "No contesta al timbre, a lo mejor y está dormido. Creo que llevo sus llaves... Ha salido. No tengo llamadas perdidas."
 
-Hola papá, lo encontré.
 
-Me alegro. ¿Te veo hoy a las nueve para la cena con José Amador o tienes planes ya con Manuel?
 
-No lo he visto, y tampoco me ha llamado, voy a ver si me ha dejado algún mensaje en el ordenador. - "Muy bueno Manu, una corbata en el pomo de una puerta de fondo de escritorio"- No, no nos veremos. Me apetece ir, además el de Amador es un caso importante y me halaga que me deje estar presente.
 
-Ha oido hablar de tus habilidades con los contratos y quiere un especialista, además ha llegado alto por aprovechar las habilidades de la gente evitando cualquier prejuicio.
 
-Legal, moral, ético...
 
-De edad, sexo, raza y aspecto también; te viene bien, no te me pongas moralista, además te viene bien como currículo.
 
-Somos abogados, o al menos en mi caso, proyectos de abogados, así que no enjuicio, solo constato. Te veo a las ocho y media en el aeropuerto, pediré un coche. 
 
- Au revoir.
 
-Adios, papá.
 
"Esta noche promete". Dormir, ducha y masajista, doble de cafeína en Café Romano y traje en Armani y gemelos del Tiffany y lectura del caso... la cama de Manu servirá.
 
"Son las once... tengo cuatro horas para dormir" Dormir... últimamente un reto entre los recuerdos de una sonrisa y la lluvia de una ciudad a la que no recuerdo haber viajado. Dormir esperando un mensaje, una llamada que hasta ahora no se ha dado. Dormir.
 
"Relajate, respira... si el caso sale bien vamos a buscarla". Demasiadas noches en duermevela soñando con experiencias que no son mías. ¿Debería olvidar? Da igual, ahora tengo que dormir.

SMS



“Hola chica desconocida, antes que nada, no soy J., el chico que te envió la flor, pero sé quién es y puede que intuya por qué te envió. Me llamo Manuel y soy amigo suyo, él se ha dejado el móvil en mi casa y por eso lo he podido leer... Es un buen chico, tranquila, pero si quieres saber algo más de él antes de "poneros en contacto", pregunta lo que quieras. Saludos.” Enviar.
Mensaje nuevo:  “Como comprenderás, lo único que quiero saber es por qué yo, de qué me conoce… no todos los días recibo rosas de desconocidos”
"Jajaja, no te conoce, o mejor dicho, te conoce sin conocerte... ¿La rosa? Hmm... Eso tiene más significados de los que puedas imaginar." Enviar.
Se sentó en la silla y apoyó las piernas encima de la cama. Su rostro mostraba, además de la habitual curiosidad ante los enigmas, un deje de preocupación, de desconcierto. "¿Quién? ¿Por qué?".
No eran celos, sabía que no lo perdería por nadie. Era un temor latente con el que vivía cada día, miedo a que J. descubriera un secreto del que no era consciente, que solo ellos dos conocían o habían vivido. Más vale prevenir que lamentar.
Se incorporó, tomó el movil y escribió un último mensaje antes de borrar el número, mensajes enviados y recibidos y de bloquear ese número. Necesitaba investigar, no le hacía gracia, no le apetecía pero...
"Perdona por ser tan críptico en mensaje anterior, pero yo también tengo curiosidad de por qué esa rosa... Sé por qué la nota, él sabe como te sientes o cree saberlo. No sé qué te ha pasado, y probablemente él tampoco, pero si que has perdido algo, que te sientes hundida porque echas de menos, y en eso está contigo. Tienes curiosidad, yo también... ¿nos ayudamos a saciar nuestra intriga? Te dejo mi número, yo de ser tú hablaría antes conmigo. Saludos. 622-***-085. Manu". Enviar.
Le dolía la cabeza del esfuerzo, de buscar tantas palabras en tan poco tiempo, pero ahora no podía esperar. Fue a su pequeña caja de seguridad y cogió el dinero que tenía ahorrado, quinientos euros de los últimos tres años, gran parte de regalos de J., con eso tendría que arreglárselas.
Dejó el movil de J. en la mesilla, donde lo encontraría cuando fuese a buscarlo, y salió. El fin de semana no era suyo, pero el lunes empezaría a investigar, hasta entonces tenía que evitar a J.

Seducción






Los dos en un bar atestado de gente, el alcohol corriendo por sus venas pero lúcidos. Hacía calor allí dentro, una sensación de agobio ante esa música sin melodía y mareante, y las miradas vacías de la gente.

Apenas había espacio, pero esa era la idea; más cien cuerpos rozándose al mismo ritmo monótono. Pero justamente esa era la idea, el silencio ante aquella cacofonía, la sensación y el placer sin palabras. “Ella”, señaló Cristina, Manu asintió. De la mano, sujetando en la otra las bebidas, se acercaron a la pista, bailando lo más cerca posible de aquel grupo mixto en el que distintos pretendientes se disputaban sin mirarse.

El baile era lo de menos, Manu no tenía demasiada idea y tampoco le hacía falta, solo se dejaba llevar por la música siguiendo a Cris, sintiendo sus curvas en cada baile y sus labios de vez en cuando.

Se deshicieron de las bebidas y tras un último beso se dieron la espalda, él empezó a bailar de la misma forma, completamente natural con la morena pero sin mirarla, Cris con el mejor de los pretendientes y robando el espectáculo por su atrevimiento. Sonrieron, era su juego, era su noche; cacería y apuesta en un juego sin palabras, la lengua materna de Manuel.

Cris se había perdido en medio de la multitud, y la morena bailaba con él, bailaban juntos sin hacerse caso, ella mirándolo de reojo, él esperando para atacar.

Otro cambio, otro ritmo. La tomó por la cintura adaptándose a su ritmo, dejándose llevar. La miró a los ojos, ella sorprendida, divertida, curiosa, el disfrutando de sus emociones. Otro ligero cambio en la misma canción, ahora la llevaba él sin darse cuenta, alejándose ambos y acercándola a él. Con cada pequeño cambio se alejaba, y al siguiente se arriesgaba un poco más. Ya rozándole los labios y al acabar la canción supo que era el momento de besarla, así que en el último segundo cambió de dirección, acariciándole la mejilla con el índice y el anular y al final de la caricia sujetándole la barbilla para disfrutar de aquella mirada de deseo y desconcierto. La tomó de la mano y la llevó a la barra sin mirar hacia atrás.

Un billete de veinte sobre la barra llamó la atención del camarero. “¿Qué queréis?” A Manuel no le salía la palabra, así que miró el mostrador y vio varios nombres. “Tequila”, miró a la chica que le regaló una sonrisa pícara y juguetona, “dos”. Sal en el dorso de la mano de ambos y tomaron la copa, entrechocaron los chupitos y Manu lamió la mano de la chica. “No hay limón”, dijo esta al tragar; “hay”, dijo Manu justo antes de besarla.

Uno, dos… al tercer chupito salieron de la discoteca y recorrieron los cincuenta metros que los separaban de la casa de Manuel. En algún momento entre los besos que los llevaron hasta sus casas ella le preguntó su nombre, él le calló la boca con un beso y le susurró después mientras le quitaba el sujetador por la manga.

En el ascensor perdieron ambos la camisa, los chupitos cuatro y cinco fueron en el salón, con la sal entre sus pechos y también sin limón; la botella los estaba esperando desde que Manuel y Cristina la colocaran dos horas antes de salir. La besó con más fuerza enamorándose del momento. “Gracias”, pensó mientras la levantaba para llevarla a la habitación.

A las ocho de la mañana sonó la alarma y la morena se levantó sola y desorientada. Resaca, abandono y un poco de vergüenza, aunque cierto anhelo por la noche anterior, la acompañaron mientras se vestía en silencio. Salió de la habitación con cierto miedo, tratando de recordar dónde estaba la salida.

Lo encontró en la cocina y de espaldas, con una camisa abierta tomando café recién hecho mientras charlaba con la chica de la otra noche. Cuatro platos de huevos revueltos descansaban en el mesón de la cocina, humeantes. “¿Quieres desayunar?” Preguntó la rubia, “Manu es un gran cocinero aunque no suela reconocerlo”. El chico sonrió mientras servía una taza de café. “El café es italiano, te lo recomiendo”. La chica dudó un segundo pero era bastante tarde y se despidió educadamente, iba a ser demasiado incómodo hablar con la chica y su madre estaría preguntándose dónde estaba. Nada más bajar del ascensor le llegó un sms:

“Lo de anoche fue increíble, fue una suerte encontrarnos en medio de esa multitud. Espero volver a verte y aquí te dejo mi número. Manuel.”

En cuanto quedaron solos los dos (el chico se había ido en medio de la noche), desayunaron en silencio con una media sonrisa y miradas de complicidad. Cristina se pidió la ducha primero y Manu volvió a la habitación. Había dos llamadas perdidas y un sms en el móvil de J, todas del mismo número desconocido. No pudo evitar la curiosidad y abrió el mensaje.

“Puede que así esté haciendo el ridículo, porque no sé si es una broma, pero… ¿A qué viene todo esto?”

“Una rosa”… recordó entonces la pequeña historia que le había mandado J. sobre aquella chica de su viaje a Vigo, en el que J. había creído que era Santiago. Interesante… Tomó su móvil y anotó el número. Media hora después había mandado el mensaje.

jueves, 21 de octubre de 2010

Manuel


“Luz” pensó. Sonó la alarma por tercera vez; recién ahora podía decir que estaba despierto. Se levantó de la cama cinco minutos después y empezó con el ejercicio autoimpuesto de cada mañana:


–Luz... frío... sábanas... cama... (…). –Recorrió con la mirada cada objeto de la habitación nombrando cada cosa con más o menos acierto. Su pequeño infierno. Al menos ahora era capaz de hablar si se tomaba su tiempo.

“Afasia Anómica” se llamaba, él sentía como si intentara hablar en un idioma que desconocía, una constante búsqueda en el vacío... al menos ahora era sólo eso.

–Lámpara, interruptor, puerta, nevera. –Ya era algo automático, así como su rutina diaria. Despierta, ejercicios, desayuno, ducha, universidad. Repasaba mentalmente los nombres de las cosas en lo que él llamaba “el despertar”.

Le había costado todo un verano hablar más o menos con normalidad, y el segundo año de carrera había permanecido casi en el anonimato. Ahora sólo lo consideraban silencioso o reflexivo, acorde con la imagen ligeramente bohemia que mantenía. Además no era tan malo porque aunque faltaban palabras tanto al hablar, leer o escuchar, había ahora una especie de sexto sentido que le permitía seguir el lenguaje sin palabras de la gente. PNL decía J., intuición lo llamaba él.

Un par de sonrisas, saludos que se basaban en gestos, un mail antes de que llegue el profesor y a clase. Empezaba la peor parte del día pues, aunque le era fácil tomar apuntes (podía copiar directamente las palabras pese a no entender su significado), lo complicado era la cara de “estoy entendiendo” y prepararse para las preguntas que pudiera hacer el profesor.

Los descansos eran agradables porque podía reunirse con su grupo de siempre (formado básicamente por chicas porque, como J. decía, las mujeres son más propensas a ese segundo lenguaje no verbal).

– ¡Manu! –Era Cristina, la chica con la que mejor se llevaba de clase. Aunque nunca había habido nada serio entre ellos, todos decían que eran la “pareja perfecta”, el bohemio callado y la pija parlanchina. –Necesito que me ayudes, ¡tengo mucho que contarte! –Manuel señaló su reloj y levantó la ceja izquierda, apenas tenían diez minutos. –Sí, ya lo sé, pero no hay fallo, me acompañas de compras después de clase y te lo cuento todo.

–Cris… quiero oírte, pero no soy… no me gustan los hombres. –Terminó con una media sonrisa.

–Escucharte. –Corrigió ella. –Y no solo a los gays les gusta ir de compras. –Dijo sacando la lengua. –Pero vale, entonces quedemos a comer si te parece más varonil.

–Gracias, aunque…

–Sí, tranquilo, invito yo. –Antes le ponía de los nervios que siempre acabara sus frases, interrumpiéndolo continuamente incluso cuando se equivocaba, aunque con el paso del tiempo se acostumbró porque era consciente de que para las pequeñas cosas agilitaba el diálogo… también ayudaba el que ella lo hiciera con todos.

Era atractiva, bastante. No solo “estaba buena”, su cara era bastante dulce y alegre, y sus ojos brillaban de emoción cuando tenía cargada con palabras la metralleta de su lengua. Su vida tampoco era corriente; así como Manuel tenía que reaprender las palabras escritas de sus apuntes, ella tenía que convivir con un padre alcohólico que era pródigo en enfados y malos modos con su madre. Para ella era frustrante, sobretodo porque aunque puertas adentro era un ogro, su fama y reputación conseguían la adoración permanente de todo aquel que no hubiera convivido con él.

La charla de hoy iba de eso, aunque no en palabras. La ropa y los chicos ocupaban el tema de puertas afuera mientras cada mirada y gesto revelaban a Manuel el caos de emociones que sufría Cristina.

– ¿Bueno, y qué opinas? – Dijo ya en la calle esperando esa comprensión ulterior que desde el principio los había unido.

–Creo… Vamos de compras. Y luego llamas madre al “spa”. Hoy duermes en casa de amigo gay. –Dijo poniendo esa cara triste de niño pequeño resignado que siempre acababa en una sonrisa juguetona. –Me gustaba más el papel de novio que de habitante de armarios.

–Pues mis padres te prefieren verte como gay que como el rarito que se acuesta con su hija. –Se tomaron de las manos y siguieron caminando.

–Por cierto, este finde está J., mira esto. –Cogió el móvil de cristina, accedió a su mail y le enseñó el mensaje.

“Verónica… Es posible… aunque apenas la vería. Además, no me siento del todo cómodo con ella, y no creo que ella quiera solo una relación de un par de noches, eso lo llevan mejor las francesas. Este finde voy a Madrid, te recojo donde siempre.
Saluda a Cris de mi parte y lee el archivo adjunto. No es solo una historia, es algo que viví hacia dos semanas en Santiago. He conseguido un par de metáforas y algo de lenguaje poético… fue difícil y… dile a Cris que te ayude (dado que de todas formas lo va a leer) y dime qué piensas… y no solo del escrito. Saludos. J.”

– ¿Poesía? ¿No será de esas descripciones raras sobre plantas o animales?

–Creo que hay mujer en medio. –Sonrió. –Ya vemos en casa, ahora quiero camisa nueva.

J.



Abrí los ojos. Eran las siete de la mañana y un frío húmedo recorría la habitación. París nunca dormía, pero a las siete empezaba su ritual de cada mañana. En dos horas desayunaría, pero mi vida empezaba con la de la ciudad.

No pude evitar tiritar al salir, pero necesitaba cerrar las ventanas y subir la calefacción. A las siete y cinco sonaría el despertador, lo apagué antes de que diera el primer toque, y de nuevo entre las sábanas tomé el “Macair”, como llamaba al ordenador.

Noticias, correos, algún trabajo de la universidad; empezaría revisando el correo.

“Todo igual”, empezaba uno de los primeros, de esos que tenían la prioridad más elevada dentro de la jerarquía de Gmail. “Adjunto trabajo grupo. Mandan saludos y preguntan París. Intenta algo Vero, es posible. Yo solo y acompañado, tú entiendes. ¿Esta semana? ¿Tu casa o mí casa?”

Era Manuel, uno de mis pocos amigos en Madrid... de mis pocos amigos en general. Él era mi enlace con el mundo, mi guía a la hora de fingir emociones y de sentirlas. Era incluso mi profesor, y ahora iba a enviarle la tarea:

<< Quietud, calma. Llovería dentro de poco.  El paraguas estaba donde siempre, la gabardina cubriría lo que el paraguas no consiga proteger. (…) Ahora dependía de ella, no del todo pues nunca había creído en el azar; pero en cualquier caso ya no era un mero observador >>

Por alguna razón aquel día se había quedado grabado en mi memoria, en sueños la había vuelto a ver y hasta había entendido sus sentimientos. Gracias a ella había conseguido esas metáforas, esas descripciones, los sentimientos. Había sabido que lloraba sin verla…

martes, 5 de octubre de 2010

Él




<< No hubo más anuncio que el cielo gris; ni rayos ni truenos, solo el suave rumor de las gotas cayendo uniformes sobre la acera, armonía, ritmo. Y en esa ciudad, como en otras, no era la lluvia la única que danzaba con pasos conocidos. Todos y cada uno de los habitantes conocían su papel, como en una obra ensayada. Pasos rápidos, mirada fija, sin contacto visual. Todos iguales y a su ritmo.

Paso inseguro, respiración intranquila, nadie especial, y sin embargo se atrevía a romper el ritmo de la ciudad.

No podía saber si lloraba, la lluvia barría de su rostro cualquier emoción.

¿Por qué ella? no era la primera ni última mujer que había visto llorar. Normalmente se sentía incómodo ante esa situación, sin saber cómo reaccionar, incapaz de empatizar más allá de lo puramente racional.

En este caso era un mero espectador, un caminante cualquiera a metros de distancia, en la otra acera, invisible. A su alrededor el mundo continuaba como un reloj bien engrasado, cada pieza con su eterno corretear, y con la indiferencia propia de las ciudades.

Anonimato. Gente que se cruza mil veces y no sabe siquiera de su propia existencia; máscaras que nos hacen invisibles en un mundo de desconocidos.

Pero ella… ¿Quién era ella? Una mujer cualquiera, una chica cualquiera cuya máscara no se interponía entre el mundo. ¿Para qué la necesitaba? ¿Le importaba? El cúmulo de sentimientos que la embargaban era toda barrera.

¿Y si no era diferente, por qué me llamaba la atención?

Una manzana, dos. Seguían caminando a distancia, sin que ella prestara atención a aquel paraguas negro que seguía su ritmo al otro lado de la calle. ¿Caminaba hacia el mar? ¿Por qué?

Apresuró el paso, el frío estaba haciendo mella en ella; ¿era eso? Probablemente ni se habría fijado si ajustaba el ritmo, pero mejor hacerlo gradualmente. ¿Debería acercarme a ella y ofrecerle el paraguas? ¿Compartirlo? Pero si lo hacía tendría que hablar con ella. ¿Qué diría?

Y sin darme cuenta la pasé, ella se había detenido sin previo aviso. Si se daba la vuelta ella lo notaría… o quizá… Siempre podía fingir una llamada al móvil… Entonces la pudo ver de frente, por pocos segundos. Se dio la vuelta y caminó despacio, mirando al suelo. Tendría que ser discreto si quería seguirla. ¿Quería seguirla? Necesitaba seguirla. Necesitaba conocerla, necesitaba saciar su curiosidad.

Volvía por el mismo camino que antes, con la mirada perdida en el suelo, distraída al menos en apariencia. Abatida, triste, pero no tensa, ya no. Algo había cambiado en aquellos segundos, apenas había rastros de aquella lucha interior, solo quedaba aceptación; ¿pena?

Se detuvo ante una casa, su casa, y entró. Había que esperar, que no lo viera, que no lo escuchara. Se acercó lo suficiente como para escuchar si decían en voz realmente alta. ¿Lo ayudaría el azar? Escucho la voz de otra mujer, su Madre. Escuchó el nombre de la chica. Ya no era una desconocida, y a la vez.

Nadie lo había visto, probablemente nadie lo reconocería. “Un muchacho de gabardina y paraguas negro” sería lo más probable que recordaran. Con eso no bastaba.

Dejaría una rosa, recordaba bien la floristería que habían pasado hace poco. Tenía todavía una de esas tarjetas de visita. Dejaré la rosa en la puerta y llamaré a timbre.  “S, pase lo que pase no estás sola. J.” Ahora dependía de ella, no del todo pues nunca había creído en el azar; pero en cualquier caso ya no era un mero observador. >>

miércoles, 15 de septiembre de 2010

domingo, 8 de agosto de 2010

Lágrimas




Útiles fueron las lamentaciones,
las rotas y olvidadas ilusiones.
¿Cuántas veces en el fondo agradecía
que en mi mundo casi nunca fuera de día?
Y es que en el fondo no hay nada peor
que mirar pa’dentro y que el dolor
no sea nada comparado
con aquel vacío que está a su lado.

Estoy harto y ya cansado
definitivamente saturado
de ideas y emociones
de tantas y tantas canciones
que de amor hablan y encerradas
resuenan en mi cabeza, desesperadas.

Y entonces llegaste tú, te conocí
una dulce melodía cuando leí
aquel primer verso o canción
que escribías con tu corazón.

Y entonces regresó
esa dulce luz me baño
con aquellas palabras dulces
pude volver a la ciudad de las luces
y abrir mi corazón
sin miedo ni temor
y volver a soltar
todo aquello que para mí, significa amar
y sin sentir el dolor,
envidia ni temor
a aquella cruel necesidad
del miedo, dolor y soledad.

Late mi corazón



Respiro profundamente, vacío y despejo la mente... Cierro los ojos y me concentro, intento que todo lo de dentro se desvanezca lentamente y desaparezca para siempre.
Pero sigue ahí, no se va. Vuelvo a intentarlo… ahí está. La verdad, no sé para qué me miento… no puedo hacer desaparecer lo que siento.
Miedo, confusión, tormento… soledad desesperada. Grito, lloro y me lamento, siento en mi corazón la llamarada de dolor cargado y negro que consume mi alma dorada.
¿Y cuanto tiempo estará? Me cuesta pensarlo, la verdad. Duele, y es que en todo momento… siento que me consumo por dentro.

ArT



333
Hilary Hahn - Bach Partita for solo violin No. 3 (I. Preludio)

Hilary Hahn - Bach Partita for solo violin No. 3




Esta es una de mis canciones favoritas... es una de las pocas que, aunque no os tenga que gustar, ninguno podrá decir que es mala xDD
Es la primera vez que me siento realmente definido por algo, pero esta canción cuenta mi vida, o mi forma de vivirla.... Vedlo, oidlo y sentidlo.
Aquí os pongo lo que le conté a una amiga que significaba para mí esta canción. Lo iba escribiendo según iba escuchando la canción. Ella me preguntó que por qué me describía, yo le dije:
Me define por la cantidad de cambios, no define mi vida ni lo que pueda pasar en ella, pero sí el sentimiento más profundo de mi alma, es como si hablara del amor, desesperación, soledad y angustia y de cómo se desarrollan en un jardín verde y luminoso, como va creciendo todo de forma caótica y ordenada...
Habla de la ilusión, de la esperanza que vas sintiendo cada día pese a la desilusión que ya has vivido, por la lucha de seguir y no rendirte, de la perseverancia, del camino que vas corriendo y cómo vas en él avanzando, de las pequeñas piedras con las que te encuentras y de los pequeños logros que consigues, de cómo te enamoras y lo que te cuesta llegar a ese amor, la esperanza de conseguirlo y la decepción, la lucha por seguir…
Y de cómo al terminar la vida recuerdas todos aquellos momentos buenos, apreciando la belleza incluso de los malos momentos en una espiral de armonía dispersa que termina con una explosión de inconsciencia
Escúchala, está todo ahí, y cada vez te habla de algo diferente

Reflexiones...




Y la magia es... No el truco vulgar, en absoluto, es el sentimiento de intriga y espectación, esa emoción que aflora al no comprender como llegó a ese resultado sin más información que la que a ti te habían dado...
Y la magia es... No el escucharte hablar, para nada, es la compañia brindada, esa emoción que en cada uno de mis latidos aparece al sentir que tu voz no se desvanece en un sencillo adios.
Y la magia es el haberte conocido, no simplemente coincidido sin más misterio o razón que el supuesto destino en acción, es el haber conectado y sentir que estás ahora a mi lado, el ir descubriendo, en cada paso dado, un nuevo misterio y llegar a nunca comprender por qué es la luz más cálida a tu lado.

Define atracción




-¿Qué es la atracción?


-Hmm... atracción... La hay de muy distinto tipo, como cuando mirando hacia un punto fijo notas algo a tu alrededor, que te saca de aquel rutinario sopor que es el día a día, y sientes que tu vida cobra un nuevo cariz y color, energía a tu alrededor. Puede ser una simple sonrisa o alguna que otra palabra dicha con prisa, pero siempre es algo superfluo lo que te llama la atención… ¿Es ese algo la atracción?

Seducción




Y en los veinte primeros segundos me enamoro. En cada una de mis venas siento la sangre caliente, palpitante... Una suave melodía me embriaga mientras escucho sus primeras palabras, las últimas realmente, pues su esencia cambia con estas.
Y dejó de ser desconocida, lejana y pasajera para convertirse en huella indeleble de mi conciencia. Es su propia melodía, tanto en potencia como en acto la que abre las puertas a mi corazón. Su calidez la que de mi sangre se adueña bebiendo a generosos sorbos la pasión recién despertada.
¿Cual es la diferencia? ¿Por qué ella y otra no? ¿Qué la convierte en especial... para mí? Es complejo, dificil de explicar. Una resonancia única en su esencia que concuerda con la mía, aunque sea en parte. Y la hago mía, ella sigue siendo ella, aunque sea de otra forma... yo sigo siendo yo, pero cambiante... y al mismo tiempo hay algo que es tanto suyo como mío pero que no lo es... Esa es la magia.
Y al acercarme y sentirla en mí cuando esta magia empieza... ¿quien soy? ¿quien es ella? Rosa roja, brillante estrella que me cautivó.

Y que me quiten lo vivido...




Esta es una pequeña respuesta al tablón de cierta amiga... No sé si lo leereis, pero si es así espero que os guste... en cualquier caso ésta es mi opinión personal^^ Dedicado a los que se den por aludidos en cualquiera de los casos.
La mayoría de las amistades tienen fecha de caducidad… no es por ser pesimista, es la verdad… muchos de tus amigos lo son por las circunstancias, lo cual no es malo, aunque, rota la circunstancia, la amistad se va enfriando poco a poco. Sin embargo, y por suerte, hay personas que vamos encontrando y que sentimos cercanas de forma inexplicable… adoración, amor… quizá sí, pero en el sentido más puro y asexual posible (por mucho que tu amig@ pueda estar tremend@) ya que esa es la principal diferencia entre amistad y enamoramiento… por mucho que te enrolles con tus amigos siempre va a faltar algo por muy feliz que te puedas sentir con esa persona… y por eso se puede dar esa adoración y amor necesarias en las verdaderas amistades que muchas veces nos confunde cuando el/la amig@ es del sexo opuesto o del sexo que nos atrae en cualquier caso (por ser algo más políticamente correcto).
Duele descubrir que una amistad ha caducado porque la mayoría de las veces creemos que una determinada amistad durará para siempre, es bastante complicado darte cuenta de quién será un personaje importante en varios capítulos de tu vida y quién te acompañará a lo largo de toda la historia… y más a nuestra edad. Pese a todo es importante vivir cada amistad como si fuese eterna porque ésta es la única forma en la que no dejaremos pasar las verdaderas. Es difícil y duele porque es complicado abrirnos a la gente, es duro dejarse conocer porque es la única forma en la que nos pueden hacer daño.
¿Qué es mejor, ocultar el corazón intacto o sufrir un par de heridas y conocer a gente que te quiera? Que cada cual decida, pero al menos yo prefiero no vivir en un castillo de cristal siendo sólo espectador de mi vida sin vivirla de verdad; prefiero pincharme con las espinas de las rosas a no poder conocerlas jamás y es que, al menos yo, necesito amar, sentir, vivir… Necesito estrellarme andando en bici a ver al resto pedalear y saltar en paracaídas para sentir lo que es volar, y no me importa quemarme con el sol o ser arrastrado por la corriente de la vida pues necesito conocer el mar y no quedarme tan solo en la orilla.
Nunca he sido una persona a la que le sea fácil abrir su corazón, por mucho que lo intente, y no es que me cueste ser sincero, simplemente hay poca gente que llega a él… pero pese a todo lo intento y si me quemo, bien recibido será, porque si hay algo que tengo claro, es que ésta es la única forma real de sentir y de querer, de estar vivo… y para mí eso es lo único que realmente importa.
Así que aquí estoy, buscadme; os recibiré con los brazos abiertos… y si algo ha de suceder, que suceda; y sino que nos quiten lo vivido.

Amaretto y Palisandro




Hojas de todas las tonalidades bailaban ante un cielo plomizo mientras el viento agitaba mis cabellos. Lloviznaba, apenas unas finas gotas que adornaban mi abrigo con un mosaico de puntitos caótico y armonioso. Ésta era mi despedida, dejaba París para probar suerte en un mundo diferente, menos gris. Tan solo la extrañaría a ella, mi fiel compañera… me giré para observar por última vez aquella majestuosa catedral, mi vieja amiga, Notre Dame.
Tenía tiempo, cinco horas antes de que saliera mi vuelo con destino a Londres, tres y media antes de pensar siquiera en acercarme al aeropuerto Charles de Gaulle; mis maletas estaban embarcadas y no iba a viajar con más equipaje que lo puesto. Necesitaba alejarme, hacer tiempo y evitar a todos mis conocidos; mi viaje había comenzado y no quería volver la vista atrás, no quería que nada ni nadie me hiciera cambiar de idea… necesitaba una copa.
Caminaba por el famoso Quai des Grands Augustins, intentando pensar en los distintos sueños y promesas que empezarían a cobrar forma en cuando subiera al avión. Necesitaba mantener la cabeza ocupada, había demasiados recuerdos pugnando por convencerme del error de mi viaje. Una ráfaga de viento arrancó el ligero paraguas de las manos de una chica joven; éste describió un pequeño arco por encima del kiosco que tenía a mi espalda y planeó suavemente hasta el Sena.
Me giré a tiempo para ver la cara de frustración y rabia contenida de la muchacha y algún que otro rostro divertido a su alrededor. En ese momento apareció ante mí, en una calle por la que había pasado veinte veces y en una esquina en la que nunca me había fijado; Lapérouse, se llamaba; me enamoré.
La fachada era de un azul oscuro, antiguo, y respiraba una elegancia que después de 1700 no habían vuelto a conseguir. La estructura de dos pisos estaba cuidada con cariño, con cuatro farolillos de luz ambarina que no invitaban sino a entrar. Era uno de esos locales parisinos en donde el tiempo no pasa. Tenía que verlo. Me fijé en el pequeño cartel escrito con tiza que reposaba junto a la puerta, conseguí entrever el famoso whiskey “MacCutcheon”. Entré.
La luz era tenue, el local mantenía un ambiente acogedor y romántico que invitaba a pensar en un encuentro secreto de amantes típicos de historias y novelas. Las mesas, todas piezas de colección, desprendían ese olor a madera antigua, ese olor a poder, caoba… olor que se mezclaba con el dulce aroma a habano que cargaba el ambiente.
Después de pedir en la barra mi bebida, me detuve a contemplar el lugar. Pipas antiguas, relojes, cuadros al oleo… incluso las paredes estaban ricamente adornadas con filigranas doradas… tanta belleza escondida en un lugar prácticamente desierto; salvo por el camarero, solo parecía haber otras dos personas en el lugar.
Y ahí estaba ella, la causante de la historia, con aquellos ojos seductores de largas pestañas negras. Me miraba en silencio, de reojo pero sin apartar la mirada. Me acerqué.
Me siguió con la mirada, callada, ni siquiera se inmutó cuando me senté frente a ella. Una rosa roja observaba expectante nuestras reacciones. Callados, en silencio, jugadores de ajedrez que estudian a su contrincante y los posibles movimientos por hacer. Sus labios se arquearon por menos de un segundo en una imperceptible sonrisa de media luna. Blancas empiezan.
Tomé su copa, la curiosidad afloró en su rostro. Amaretto, dulce caramelo líquido y alcoholizado, aspiré su aroma y terminé la copa. Sonrió.
Sus ojos, brillantes, esperaban mi próximo movimiento. Estaba en la cuerda floja y ella lo sabía; mi red tan solo la confianza que exhalaba. El camarero, presto a ganarse la propina, siguió mi mirada hacia la copa vacía y asintió, retirándose velozmente hacia la barra del bar. Ella entrecruzó los dedos frente a la cara, expectante. Llegaron las bebidas.
“Gracias” susurré al camarero cuando éste me ofreció un Cohiba; nunca he sido de los que fuman, pero un habano era siempre una buena despedida. Antes de que el ninguno reaccionara, ella sacó un mechero y me lo acercó encendido, con una sonrisa divertida en la cara. Las llamas relucían en sus enormes y perfectos ojos castaños, del color del chocolate amargo. Peligrosa, seductora, sagaz; cálida y fría a un tiempo, como ese calorcillo que te embarga cuando sales bien abrigado a una noche ventosa.
Incliné la cabeza a modo de agradecimiento y di la primera calada, con los ojos cerrados. Su sabor envolvió mi paladar con ese sabor único y adictivo que tanto me atraía y llenó de calidez mi garganta pese a no haber tragado el humo. La miré fijamente mientras me evaluaba, el silencio estaba durando demasiado, un par de segundos más y se rompería el encanto y el misterio.
Levanté el vaso por debajo de mi cara y ella me imitó. “Pour nous, cette soirée et le futur”. Bebí, ella me imitó.